ChatGPT, Claude y otras herramientas de inteligencia artificial se han colado en el trabajo diario casi sin pedir permiso.
Redactamos correos, resumimos documentos, analizamos información, generamos código o preparamos propuestas en cuestión de segundos.
El problema empieza cuando, junto al prompt, también viaja información que nunca debería haber salido de la empresa.
¿Qué ocurre cuando escribes en una IA?
Cuando utilizamos una herramienta de inteligencia artificial en la nube, la información que introducimos sale de nuestra infraestructura y se envía a los servidores del proveedor para poder procesarla y generar una respuesta.
Eso no significa automáticamente que nuestros datos se hagan públicos o que otro usuario pueda acceder a ellos.
Pero sí significa algo importante: hemos entregado esa información a un tercero para que la procese.
Y ahí cambia completamente la conversación cuando hablamos de contratos, datos de clientes, presupuestos, documentación interna, código privado o información estratégica.
¿Las IA entrenan con lo que escribimos?
Depende del servicio y de cómo esté configurado.
OpenAI y Anthropic afirman que, en determinados planes empresariales, los datos no se utilizan para entrenar sus modelos por defecto.
Pero como usuarios no tenemos forma de comprobar directamente que eso se cumpla. Podemos leer sus contratos, políticas y auditorías, pero no ver qué ocurre realmente con cada dato una vez entra en sus sistemas.
Por tanto, sabemos lo que las compañías aseguran, pero no podemos verificarlo por nosotros mismos.
Por eso, cuando una información es realmente sensible, nuestra forma de trabajar parte de una regla sencilla: si no necesita salir de la empresa, no sale.
Prohibir la IA en tu empresa tampoco es la solución
Intentar que nadie utilice estas herramientas probablemente sea poco realista.
Son rápidas, potentes y en muchas tareas ofrecen una productividad difícil de igualar.
La solución está en utilizarlas desde el conocimiento y no desde la improvisación.
Una empresa debería tener claro qué información puede enviarse a una IA externa, qué debe anonimizarse, qué herramientas están autorizadas y qué datos nunca deberían abandonar la organización.
Cloud para unas cosas, local para otras
En ANTEK, cuando implantamos inteligencia artificial en una empresa, no planteamos dejar de usar ChatGPT, Claude u otras grandes plataformas.
Al contrario: las aprovechamos allí donde ofrecen el mejor rendimiento.
Lo importante es separar los usos según el tipo de información. No todo dato necesita el mismo nivel de protección ni debería seguir el mismo camino.
La información general puede trabajarse con herramientas en la nube. La información sensible, como contratos, datos de clientes, documentación interna o información estratégica, debe tratarse de forma distinta para evitar que salga de la empresa cuando no es necesario.
Para ello definimos políticas de uso, niveles de sensibilidad y controles internos que permiten decidir qué información puede enviarse a servicios externos, cuál debe anonimizarse y cuál debe permanecer dentro de la infraestructura de la empresa.
Dicho de forma sencilla:
Información normal → IA en la nube Información sensible → entorno controlado dentro de la empresa Información dudosa → se valida antes de salir
No se trata de bloquear la IA, sino de utilizarla con criterio y con una estructura que permita aprovechar su potencia sin perder el control sobre los datos.
El verdadero problema es utilizar IA sin una política
La inteligencia artificial no necesita convertirse en otro servicio prohibido por miedo.
Pero tampoco debería convertirse en una herramienta donde cada trabajador decide libremente qué información copiar y pegar.
Formación, políticas claras, controles y una arquitectura adecuada permiten aprovechar todo lo bueno de la IA sin perder el control sobre la información de la empresa. Es parte de lo que definimos al montar una automatización con IA dentro de una empresa.
Fuentes: OpenAI, Anthropic